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El Che, medio siglo después

por José Arreola

Radical antidogmático, con un gusto irrefrenable por la poesía y la fotografía. Viajante empedernido. Hacedor de teoría y teórico desde el hacer. Su imagen, como pocas en el mundo, rebasa los muros que, según los dueños del dinero, dividen la tierra. En guaraní, che quiere decir “mío” y es la expresión más común de los argentinos para decir amigo. Ernesto Guevara de la Serna adquirió el inmortal nombre de tres letras entrenándose para la expedición guerrillera liderada por Fidel Castro. En México encontró un proyecto político por el que valía la pena arriesgar la vida. Estuvo preso casi dos meses; en esos días le escribió a su madre que enfrentando las penurias de la cárcel supo de una moral “comunista”, del paso de un “yo” individual a un “nosotros” indispensable para la creación de toda gran obra humana.

A los veintiséis años, en Guatemala, Guevara tuvo su primera participación política. Una edad sui generis para la época en la que vivió su juventud. Ni siquiera el acendrado antiperonismo presente en su familia y en el círculo de amigos que frecuentaba en la Universidad fue capaz de llamarlo a las calles de Buenos Aires. Como Julio Cortázar, apenas asistió a una que otra protesta antiperonista convocada en el recinto universitario. La juventud comunista de Argentina nunca le resultó una opción y, en no pocas ocasiones, exhortó a su amiga Tita Infante para que abandonara sus filas. El ambiente bohemio de la familia Guevara de la Serna fue la primera fuente de la que bebió discusiones políticas sobre la República española, la segunda guerra mundial y, desde luego, el comunismo. Lejos de una participación política en las calles o como miembro de alguna organización, el Che construyó una militancia algo diferente: la de la lectura. Perseguido por el asma desde muy pequeño, encontró en las novelas de aventura un espacio íntimo de alivio e imaginación. El ejercicio de lectura se convirtió para él, según sus propias palabras, en una segunda naturaleza. Con el tiempo, la militancia lectora representó un componente fundamental en su constitución como sujeto revolucionario. Desde la adolescencia elaboró un cuaderno de notas al que llamó “Diccionario filosófico”, cuya amplitud y eclecticismo dibujan un buen mapa de sus inquietudes políticas e intelectuales. En el cuaderno, que siguió creciendo con los años y que buscó sistematizar durante su estancia en México, figura el existencialismo de Ernesto Sábato, el antiestatismo de José Ingenieros, el anarquismo de Elisée Reclus, el psicoanálisis de Freud y la escuela marxista con textos de Marx, Engels, Lenin y Stalin. Nunca dejaría de leer y de llevar un control de las lecturas que realizaba, incluso en las incursiones guerrilleras. Para el Che los libros fueron más necesarios que los armamentos porque “trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras”, como decía José Martí.

II

La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa, se publicó por vez primera en 1963; en ese mismo año, Julio Cortázar generó un cisma en las letras la-tinoamericanas con Rayuela. En 1967, Gabriel García Márquez inscribió a nuestra América en el imaginario de Macondo a través de Cien años de soledad. Esas tres novelas fueron en el plano artístico lo que la Revolución cubana significó en el plano político. Y, en buena medida, el Che fue autor de esa obra. Durante la guerrilla cubana, una de sus principales preocupaciones era que los combatientes, en su mayoría campesinos analfa-betos, aprendieran a leer. Él mismo enseñó a algunos, organizó círculos de estudio y lectura y, cuando el Ejército Rebelde creció y se consolidó, puso énfasis en la construcción de escuelas, tanto para los combatientes como para los guajiros. Insistió en la necesidad de implementar, desde la propia Sierra Maestra, la Reforma Agraria. Tras el triunfo de los barbudos y la huida de Batista, Cuba vivió lo que, no sin razón, Rafael Rojas ha caracterizado como la década “propiamente revolucionaria”. La velocidad de diferentes sucesos –la expulsión de Cuba de la oea, el ataque a Playa Girón, la campaña de alfabetización, la nacionalización de las industrias fundamentales y la declaración del carácter socialista del proceso– hicieron de la Revolución un acontecimiento que conmovió a toda Latinoamérica. Como ningún otro miembro de la dirección política, el Che buscó sistematizar teóricamente la experiencia insurreccional, pero también el “extraño y apasionante drama” que era la construcción del socialismo. El “intelectual guerrillero”, como lo llamó Julio César Guanche, escribió textos notables entre los que, sin duda alguna, El socialismo y el hombre en Cuba ocupa la cima.

En 1960, Guevara le confesó a Ernesto Sábato que en algún momento de su vida el título de escritor representó “lo más sagrado del mundo”. A León Felipe le escribió que, a modo de homenaje en un discurso ante trabajadores cubanos, citó unos versos suyos porque en ese momento afloró “un poco del poeta fracasado” que habitaba en él. A su esposa, Aleida March, le señaló que él era un poeta “no tanto de composición como de pensamiento”. Asiduo lector de Pablo Neruda, César Vallejo y el propio León Felipe, la confidencia revelaba la imposibilidad de ser poeta. Su pluma no estaba forjada para la poesía, pero tuvo una facilidad innata para narrar y describir. Guevara era, a decir de Fidel Castro, el artista de la Revolución. Como tal actuaba. Como tal pensaba. Creía que el arte en el socialismo era indispensable para la construcción del “hombre nuevo”; que debía romper las formas congeladas del realismo socialista, las fórmulas simples de los artistas “revolucionarios” para emplear a fondo una “audacia intelectual” no supeditada a la esfera de los burócratas culturales. Para el Che, el socialismo era menos un problema de distribución de la riqueza que un acontecimiento de conciencia y de sentimientos. Por ello, en los debates sobre la economía cubana, fue tildado de idealista, “demasiado” intelectual y romántico. Alejado de la escuela soviética del socialismo que priorizaba los estímulos materiales, el Che sostenía que la conciencia era el motor indispensable para la construcción de una sociedad nueva; la conciencia significaba un fenómeno económico. El arte, el amor, sentir la injusticia cometida contra alguien más como propia eran elementos para forjar una moral comunista, alejada del frío ordenamiento económico que reduce todo a una cuestión de pesos y centavos.

Los partidarios del socialismo soviético lo tacharon de “pro-chino”. Los simpatizantes de los chinos, de “pro-soviético”. El oficialismo del “materialismo dialéctico” lo etiquetó como simpatizante del “trotskismo”. Pasa que el Che no estaba atado a ningún molde, que no lo pudieron encasillar. La escuela del hacer que Guevara practicó y pensó como nadie no era “ni calco ni copia”. Bien dijo Fernando Martínez Heredia que el argentino cometió la osadía de pensar “con cabeza propia”. El héroe de Santa Clara insistió, tesonera y corajudamente, en la necesidad de estudiar y de contradecir todo aquello que estuviera mal, “lo haya dicho quien lo haya dicho”. La valía del Che es que nunca se calló. Actuó como la conciencia le dictó. Nunca pidió hacer nada que él mismo no hiciera. No exigió sacrificio que no estuviera dispuesto a realizar. Alguna vez, en una tribuna internacional, en 1964, dijo que la Revolución cubana no era un satélite de nadie porque estaba “fuera de órbita”. Así era él: fuera de órbita. Cuando se sintió morir en su bautizo de fuego al desembarcar del Granma, en lugar de recordar a sus familiares o a algún héroe revolucionario, Guevara evocó al personaje de un “viejo cuento de Jack London”. Si moría quería hacerlo dignamente, como ese personaje. Así murió.

III

Ernesto Guevara era un “vago rematado”. Lo fue desde pequeño. El ansia de movilidad estaba en sus huesos. Para participar en la guerrilla cubana sólo hizo una petición: que cuando se alcanzara la victoria contra Batista, en el momento que lo decidiera, partiría a otras tierras. Salió de Cuba hacia el Congo, en una experiencia que resultó la historia de un fracaso. Regresó de manera encubierta a Cuba, luego de que, ante la campaña mediática contra la Revolución, Fidel Castro leyó aquella conmovedora carta de despedida. Partió a Bolivia, apresurado quizá porque sentía que su edad empezaba a ser un fardo para las lides guerrilleras, o porque, como escribió en el mensaje a la Tricontinental, América Latina era el escenario de las grandes batallas por la liberación de la humanidad. Convencido de la necesidad estratégica de la lucha armada, la llevó hasta sus últimas consecuencias; puso su vida como prueba. En selvas bolivianas, con pocos hombres, rotas las comunicaciones, con guerrilleros apresados, resistió el embate del ejército boliviano y los rangers que iban tras sus huellas. Sólo hasta el 8 de octubre de 1967, herido y con su arma inutilizada, supo que todo estaba perdido. Era, como escribió Paco Ignacio Taibo ii, un hombre esencialmente vencido porque no podía escribir lo que estaba viviendo. El Che, que tanta importancia le otorgó a la educación, murió en una humilde escuela de La Higuera. Y fue Julia Cortés, la maestra del poblado, su última interlocutora civil. En el pizarrón había una frase, “Yo se leer”. Guevara le hizo saber a la maestra la falta del acento. Para Ricardo Piglia, el hecho de que haya sido esa frase la última que el Che leyera, representa una cristalización, una suerte de “oráculo”. Según Mario Terán, el soldado encargado de ejecutar al guerrillero, el Che simplemente le dijo: “Póngase sereno. Usted va a matar a un hombre.” Un 9 de octubre de 1967, Ernesto Guevara de la Serna fue asesinado.

IV

José Lezama Lima definió al Che como un “nuevo Viracocha porque de él se esperaban todos los prodigios de la posibilidad”. Y es cierto. Decir Che es referirse a una época, a una épica, a una mística. Una época: la del poder forjado desde las calles latinoamericanas, la de la Revolución palpable. Una épica: la de un puñado de combatientes que creció y derrotó a un ejército brutal; la del socialismo alegre, a pocos kilómetros del poder imperialista. Una mística: la de un hombre que nació en cuna burguesa, pero que se reveló contra ella. La del tipo mal vestido, desafiante de la etiqueta y el buen comportamiento. La del revolucionario guiado por “grandes sentimientos de amor”. Por esa época, por esa épica, por esa mística es que, después de tanto, Guevara no cabe en la muerte.

Che se nombra desde el cariño, desde la resistencia. Porque así, tozudo y peleón, por irreverente, por incallable, el Che sigue entre los humildes, con los humildes y para los humildes. Che es, como escribió Eduardo Galeano, el más nacedor de todos porque, a pesar de la guerra, de la violencia y el dolor, la ternura nunca se le apagó •

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